Cuando se piensa en los grandes descubrimientos biomédicos del siglo XX, la imaginación suele viajar a laboratorios norteamericanos o a las grandes capitales de Europa occidental. Sin embargo, uno de los avances más decisivos de la bioquímica moderna, el aislamiento de la vitamina C y la comprensión de los procesos de oxidación celular, se gestó lejos de esos centros, en una ciudad universitaria del corazón de Europa central. Allí trabajó Albert Szent-Györgyi, uno de los científicos más notables que dio Hungría y figura clave de la medicina moderna. Nacido en 1893, Szent-Györgyi se formó en distintos países de Europa occidental (Alemania, Países Bajos, Reino Unido), pero su obra decisiva no fue fruto de esos grandes laboratorios, sino de su regreso a Hungría. En la década de 1930, ya como profesor en la Universidad de Szeged, realizó las investigaciones que le valieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1937. Allí logró aislar e identificar químicamente la vitamina C, también llamada ácido ascórbico, demostrando su papel esencial en los procesos de oxidación biológica y en la prevención del escorbuto. El dato, casi literario, es conocido: utilizó paprika húngara (pimiento rojo) como fuente extraordinariamente rica de la vitamina. Un producto cotidiano convertido en herramienta de ciencia de frontera. No fue una casualidad ni un golpe de suerte: fue la combinación de observación, método y una mente capaz de unir química, fisiología y clínica. Pero reducir a Szent-Györgyi a la vitamina C sería injusto. Su aporte fue más amplio y más profundo. Fue uno de los primeros en comprender y explicar cómo la energía circula en la célula, y en señalar el papel central del ATP como moneda energética de la vida. No descubrió la molécula, pero ayudó a consolidar el concepto que hoy resulta obvio para cualquier estudiante de medicina: sin transferencia energética organizada, no hay función celular, ni músculo, ni vida. En este sentido, fue un verdadero arquitecto intelectual de la bioenergética moderna. El contexto en el que produjo estos avances no es un dato menor. Hungría es un caso singular en la historia de los Premios Nobel. Con una población relativamente pequeña, ha producido una cantidad notable de científicos de primer nivel. En fisiología y medicina obtuvo dos premios: el de Szent-Györgyi y, años más tarde, el de Georg von Békésy. A ellos se suman Nobel en física y química, conformando una tradición científica desproporcionada respecto de su tamaño. No fue casualidad: Hungría heredó del mundo austrohúngaro una cultura académica rigurosa, cosmopolita y exigente, aun en condiciones políticas y económicas complejas. Tras la Segunda Guerra Mundial, el avance del régimen comunista llevó a Szent-Györgyi al exilio. Se radicó en los Estados Unidos, donde continuó investigando y reflexionando sobre biología, cáncer y energía celular. Pero el Nobel ya estaba ganado, y lo estaba por trabajos hechos en Hungría, no en el mundo anglosajón. Este dato, hoy olvidado, tiene un valor simbólico enorme. Szent-Györgyi pertenece a una generación de científicos europeos que demostraron que la periferia también podía producir ciencia central, que la creatividad y el rigor no dependen exclusivamente del poder económico ni del prestigio institucional. Su figura recuerda que el conocimiento avanza cuando alguien se atreve a pensar distinto, incluso, o especialmente, lejos del centro. Quizás por eso su legado sigue interpelando a la medicina actual: porque nos recuerda que detrás de cada molécula, de cada vía metabólica, hay una pregunta humana, y que la verdadera innovación muchas veces nace donde menos se la espera.

Juan L. Marcotullio                           

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